“Y
el amor tal vez es una condena. Una dulce tentación en la que nos encanta caer.
Un canto de sirena que necesitamos escuchar. Un infierno en el que tarde o
temprano caemos. Sin embargo puede que el amor también sea un paraíso. Una
extrema felicidad debida a una sola persona de tu mundo. Un canto angelical que
añoramos oír. Un cielo que tarde o temprano alcanzaremos.”
Pasé muchos días recordando a aquel
desconocido. No sabía nada de él y sin embargo fue con la persona que más
química, como él lo llamaba, tenía.
Tenía miedo. Demasiado.
Me negaba a aceptar que ese chico
pudiera hacer que mis sentimientos más ocultos volvieran a resurgir.
¿Otra vez? ¿Otra vez me he vuelto a
enamorar? No. Imposible.
Recuerdo cómo su imagen se paseaba
por mi cabeza cada segundo de mi eterna añoranza. Le echaba de menos y ni
siquiera sabía su número o algún dato que me permitiera sentirme cerca de él.
Quizás todo fueron imaginaciones
mías y nunca llegó a existir ese chico tan misterioso y que tanto me atraía.
Finalmente, alguien de ahí arriba
debió escucharme y me concedió lo que tanto supliqué:
<< Ambos sabemos que el amor es esa condena
en la que los dos estamos a punto de caer. Permíteme ser esa víctima que junto
a ti caiga.
Reúnete conmigo en el mismo sitio
que la otra vez.
-Nicolás.- >>
-
¿Vas a ir?
-
No lo sé.
-
Pero tía, puede ser un pirado. Los
chicos de hoy en día no hacen esas cosas para conquistar a una chica.
-
Él es diferente. Se le notaba al
mirarle.
-
Tan diferente que tiene pinta de
estar mal de la cabeza. Si fuera tú no iría y me fijaría en algún otro que
estuviera en sus cabales.
La conversación que tuve con Celia
no me ayudó mucho. Me dio muchas más dudas, pero algo en mi interior me pedía
ir a su encuentro.
Corrí como una posesa hacia su
búsqueda. Cuando llegué, nuestros ojos se encontraron, lo que provocó que me
parara en seco. Tenía algún tipo de poder sobre mis signos vitales y eso me
provocaba mucho más pavor.
-
Pensé que no llegarías.-se acercó
hasta a mí y me dio dos besos.
-
No sabía si debía ir o no.-torcí el
morro y fijé la vista hacia el suelo.
-
¿Por qué?
-
Porque no te conozco de nada y ni
siquiera sé cómo has podido dejarme esa nota.
-
Tengo mis secretos.
-
Pues ya me los puedes ir diciendo o
finalmente tendré que llamar a la policía.
-
¿Acaso es delito dejarte una nota?
-
Lo es si no te he dado mi dirección
y no has tenido forma de averiguarla por ti mismo.
-
Ambos sabemos que no te importó lo
más mínimo que esa nota apareciera misteriosamente en tu casa.
-
¿Tienes que saberlo todo siempre?
-
¿Tienes que criticar todo siempre?
Agaché la cabeza avergonzada por el
numerito que acababa de montar. Tenía razón; no me preocupó cómo pudo llegar
esa nota hasta mí. Lo que me preocupaba era si podría conseguir su número de
teléfono esta vez.
-
¿Quieres venir conmigo a un lugar
especial?-me ofreció la mano y yo la acepté.
-
¿A qué tipo de lugar?
-
A uno que te encantará.
Me agarró fuertemente y me llevó
hasta un pequeño parque situado detrás de un centro comercial.
Nunca había estado ahí y seguramente
poca gente lo conocería pues no había nadie a pesar de sus enormes dimensiones.
-
Es precioso.
-
La gente está tan obcecada en esos
edificios grandes dónde solo se vende textiles y muchas otras cosas que en
realidad no necesitamos, que es incapaz de fijarse en las pequeñas bellezas que
poseemos.
-
Puede ser, no hay nadie.
-
Por eso me gusta; los pequeños
detalles que están al alcance de la vista son los que más desapercibidos pasan.
-
Nunca había oído hablar a nadie de
mi edad así.
-
Tal vez sea porque yo tengo
diecisiete y tú dieciséis.
-
Aun así.-le miré conmocionada por
el pequeño discurso que había pronunciado antes.- Eres demasiado especial, es
como si no fueras del todo real.
-
¿Puedes verme no? Pues entonces soy
real.-me sonrío. Sin embargo yo no estaba del todo convencida.
-
Me tengo que ir ya.-me miró
serenamente.
-
¿Otra vez?-abrí los ojos de par en
par.
-
Sí.
-
¿Y no me vas a permitir tener algo
con qué localizarte?-una vez más parecía una tonta desesperada. No me gustaba
esta situación.
-
¿Acaso me darías tú algo con qué
poder localizarte?
La misma pregunta de la otra vez.
Quizás debería haberle dicho la verdad esta vez.
-
No.-volví a agachar la cabeza como
la otra vez. En ese momento odié a mi orgullo para siempre.
-
Vuelves a mentir, pero me sigue
gustando.
Giró la cabeza y se marchó dejando
su aroma prendido en el aire. Yo me quedé sola en aquel pequeño parque que fue
testigo de cómo mis temidas dudas volvían a resurgir.
En ese momento yo no era consciente
de ello, pero ese parque se estaba convirtiendo en un lugar muy importante de
nuestras vidas; nuestro pequeño tesoro.
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