lunes, 14 de julio de 2014

Capítulo 2

“Y el amor tal vez es una condena. Una dulce tentación en la que nos encanta caer. Un canto de sirena que necesitamos escuchar. Un infierno en el que tarde o temprano caemos. Sin embargo puede que el amor también sea un paraíso. Una extrema felicidad debida a una sola persona de tu mundo. Un canto angelical que añoramos oír. Un cielo que tarde o temprano alcanzaremos.”

Pasé muchos días recordando a aquel desconocido. No sabía nada de él y sin embargo fue con la persona que más química, como él lo llamaba, tenía.
Tenía miedo. Demasiado.
Me negaba a aceptar que ese chico pudiera hacer que mis sentimientos más ocultos volvieran a resurgir.
¿Otra vez? ¿Otra vez me he vuelto a enamorar? No. Imposible.

Recuerdo cómo su imagen se paseaba por mi cabeza cada segundo de mi eterna añoranza. Le echaba de menos y ni siquiera sabía su número o algún dato que me permitiera sentirme cerca de él.
Quizás todo fueron imaginaciones mías y nunca llegó a existir ese chico tan misterioso y que tanto me atraía.
Finalmente, alguien de ahí arriba debió escucharme y me concedió lo que tanto supliqué:

<<       Ambos sabemos que el amor es esa condena en la que los dos estamos a punto de caer. Permíteme ser esa víctima que junto a ti caiga.
Reúnete conmigo en el mismo sitio que la otra vez.
                                                                                                     -Nicolás.-                >>


-          ¿Vas a ir?
-          No lo sé.
-          Pero tía, puede ser un pirado. Los chicos de hoy en día no hacen esas cosas para conquistar a una chica.
-          Él es diferente. Se le notaba al mirarle.
-          Tan diferente que tiene pinta de estar mal de la cabeza. Si fuera tú no iría y me fijaría en algún otro que estuviera en sus cabales.


La conversación que tuve con Celia no me ayudó mucho. Me dio muchas más dudas, pero algo en mi interior me pedía ir a su encuentro.
Corrí como una posesa hacia su búsqueda. Cuando llegué, nuestros ojos se encontraron, lo que provocó que me parara en seco. Tenía algún tipo de poder sobre mis signos vitales y eso me provocaba mucho más pavor.

-          Pensé que no llegarías.-se acercó hasta a mí y me dio dos besos.
-          No sabía si debía ir o no.-torcí el morro y fijé la vista hacia el suelo.
-          ¿Por qué?
-          Porque no te conozco de nada y ni siquiera sé cómo has podido dejarme esa nota.
-          Tengo mis secretos.
-          Pues ya me los puedes ir diciendo o finalmente tendré que llamar a la policía.
-          ¿Acaso es delito dejarte una nota?
-          Lo es si no te he dado mi dirección y no has tenido forma de averiguarla por ti mismo.
-          Ambos sabemos que no te importó lo más mínimo que esa nota apareciera misteriosamente en tu casa.
-          ¿Tienes que saberlo todo siempre?
-          ¿Tienes que criticar todo siempre?
Agaché la cabeza avergonzada por el numerito que acababa de montar. Tenía razón; no me preocupó cómo pudo llegar esa nota hasta mí. Lo que me preocupaba era si podría conseguir su número de teléfono esta vez.
-          ¿Quieres venir conmigo a un lugar especial?-me ofreció la mano y yo la acepté.
-          ¿A qué tipo de lugar?
-          A uno que te encantará.
Me agarró fuertemente y me llevó hasta un pequeño parque situado detrás de un centro comercial.
Nunca había estado ahí y seguramente poca gente lo conocería pues no había nadie a pesar de sus enormes dimensiones.
-          Es precioso.
-          La gente está tan obcecada en esos edificios grandes dónde solo se vende textiles y muchas otras cosas que en realidad no necesitamos, que es incapaz de fijarse en las pequeñas bellezas que poseemos.
-          Puede ser, no hay nadie.
-          Por eso me gusta; los pequeños detalles que están al alcance de la vista son los que más desapercibidos pasan.
-          Nunca había oído hablar a nadie de mi edad así.
-          Tal vez sea porque yo tengo diecisiete y tú dieciséis.
-          Aun así.-le miré conmocionada por el pequeño discurso que había pronunciado antes.- Eres demasiado especial, es como si no fueras del todo real.
-          ¿Puedes verme no? Pues entonces soy real.-me sonrío. Sin embargo yo no estaba del todo convencida.
-          Me tengo que ir ya.-me miró serenamente.
-          ¿Otra vez?-abrí los ojos de par en par.
-          Sí.
-          ¿Y no me vas a permitir tener algo con qué localizarte?-una vez más parecía una tonta desesperada. No me gustaba esta situación.
-          ¿Acaso me darías tú algo con qué poder localizarte?
La misma pregunta de la otra vez. Quizás debería haberle dicho la verdad esta vez.
-          No.-volví a agachar la cabeza como la otra vez. En ese momento odié a mi orgullo para siempre.
-          Vuelves a mentir, pero me sigue gustando.
Giró la cabeza y se marchó dejando su aroma prendido en el aire. Yo me quedé sola en aquel pequeño parque que fue testigo de cómo mis temidas dudas volvían a resurgir.
En ese momento yo no era consciente de ello, pero ese parque se estaba convirtiendo en un lugar muy importante de nuestras vidas; nuestro pequeño tesoro.


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