-
¿Cómo te llamas?
-
Gabriela, ¿y tú?
-
Nicolás.
-
Me gusta ese nombre.
-
Me lo pusieron por mi abuelo. Él
también se llamaba así.
-
¿Se llamaba?
-
Sí. Murió hace unos meses.
-
Lo siento.
-
Todavía me duele que no esté aquí.
-
A mí también me dolería que mi
abuela se fuera.
-
Los abuelos deberían ser eternos.
-
Sí.
Los dos agachamos la cabeza. Es
curioso que habiéndonos conocido hace tan solo unos minutos ya hubiésemos
tenido una conversación un poco profunda. Me inspiró confianza, más de la que
nunca me había inspirado nadie en tan poco tiempo de conocernos.
Joven, de unos diecisiete años,
pelo castaño, ojos verdes y con unos labios que llevan al borde de la locura.
Ése era el que hace tan solo unos minutos se acababa de fijar en mí.
-
¿Quieres tomar algo?
-
¿No es demasiado pronto todavía?
-
Son solo las siete de la tarde.
-
Me refiero a que nos acabamos de
conocer. Además mis amigas me están esperando.
-
Diles que se vengan también.-me
sonrío pícaro. Algo en su mirada me provocó un fuego tan interno que era
imposible decirle que no.
-
Si les digo que se vengan, vendrán
y entonces ya no podremos hablar.-me reí. Me gustaba resistirme.
-
Pues entonces no les digas nada.
-
¿Y si llaman a la policía porque
estoy hablando con extraños?-Me miró por un momento y acabó soltando una buena
risotada. – Lo digo en serio. Eres mayor que yo.
-
¿Y eso que tiene que ver?
-
Que puedes hacerme cosas malas.
-
¿Me lo dices de verdad?
-
No.-reí tan fuerte que se asustó.
-
Casi me lo creo.-me dio un cachete
de broma.
-
De eso se trataba.-le saqué la
lengua.
-
¿Te vienes pues?
-
Vale, pero no me hagas cosas malas
que tengo el móvil de la policía marcado.-me reí y él me persiguió corriendo
calle abajo.
Al final me alcanzó y me agarró por
la cintura para detenerme. Una pequeña sensación de felicidad recorrió todo mi
cuerpo. ¿Me estaba enamorando? No puede ser, tan solo le conocía de hace diez
minutos. Aunque he de reconocer que esos ojos eran capaces de volverme loca.
Me giró y algo en el tiempo se
detuvo. Sentía su respiración sobre mis colorados mofletes y sus brillantes
ojos deslumbrando mis corrientes ojos castaños. Mi instinto me gritaba que le
besara pero había algo en mí que me lo impedía.
-
No
deberías tener tantas confianzas con una desconocida.
-
Ya
no eres tan desconocida.
-
Hace
diez minutos lo era.
-
¿Nunca
has oído de hablar de la química?
-
Sí,
es esa asignatura que junto con la física puede ser la peor pesadilla de
cualquier alumno de letras.-me reí.
-
Muy
graciosa eres tú.-me guiñó el ojo.- Me refiero a la que se establece entre dos
personas.
-
No
creo en ese tipo de cosas.
-
¿Por
qué?
-
Porque
a veces esa química, como tú la llamas, es tan fuerte que acaba destruyendo a
las parejas.
-
Eres
la primera persona a la que oigo decir eso.
-
Quizás
porque sea la primera persona que te diga la verdad.
-
O
tal vez porque te niegas a aceptar que tenemos química.-puso una de esas
sonrisas que haría temblar hasta a la profesora más dura de todo el instituto.
-
Nunca
aceptaré algo que no existe.
-
Entonces
te demostraré que en verdad sí es real.
-
¿Cómo?
Al acabar esa frase me agarró nuevamente por la cintura y me atrajo hasta
su cuerpo. Acercó sus labios hasta mi oído y me susurró algo luminoso para mi
corazón:
-
Porque
ambos sabemos que querrías que nuestros labios se juntaran en este mismo
momento.
Me soltó y volvió a su posición original. Yo intenté evitar que mis
pómulos se enrojecieran pero creo que ya era tarde.
-
No
deberías creerte tan superior.
-
Y
tú no deberías fingir que no se te han enrojecido los mofletes.
Me quedé inmóvil. <<Mierda>>.
-
No
se me han puesto rojos.-miré al suelo avergonzada.
-
Lo
que tú digas.-se río.-me voy.
-
¿No
me ibas a invitar para conocernos mejor?-pregunté sorprendida.
-
Ya
sé todo lo que quería saber.
-
¿No
vas a pedirme mi número o algo?-hice un amago por detenerlo pero me di cuenta
que estaba pareciendo un poco desesperada.
-
¿Acaso
me lo darías?-me miró cautivadoramente.
Dudé en si decirle la verdad. Finalmente opté por mentirle.
-
No.-retiré
la vista para evitar esa mirada tan tentadora.
-
Mientes,
pero me gusta.-se giró y se despidió con un gesto de su mano.
Mi vista le siguió mientras bajaba calle abajo. Sentía como mi corazón se
iba junto a él.
Y al mismo tiempo que recordaba esa pequeña conversación sobre la
química, yo no podía dejar de sonreír por aquellas sensaciones ya dormidas en
mí que jamás creía que nadie pudiera despertar.
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