viernes, 25 de julio de 2014

Capítulo 5

Capítulo 5

“La música es la base de nuestra vida. Nos movemos en una pista de baile llamada vida y nuestro dj es esa persona por la que haríamos cualquier cosa. Esa sensación de tocar el cielo solo nos la puede otorgar ella, con cada nota y cada sonido que emite. Al fin y al cabo, ¿qué somos nosotros sino unas tristes notas emitidas por el dj de nuestros sueños?”


-          No sabía que te gustaran las discotecas.
-          Digamos que me gusta sentirme en otro mundo y eso es algo que solo la música puede conseguir.

Pasaron varios días hasta que tuve coraje de llamarle y tener noticias de él. Oír su voz por teléfono era como un calmante para mi abatido corazón.  Me gustaba sentir su presencia tan cerca, aunque en realidad no fuese así.
Después de varias conversaciones como dos tontos enamorados le propuse quedar y así ocurrió. Lo que no pensé es que ese lugar tan cotidiano resultara ser uno de los lugares más asombrosos que hubiese visto en todo lo que me queda de memoria.

-          ¿Y por eso me has traído aquí? Podríamos haber ido al parque de siempre y te hubiera enseñado algunas canciones con las que me transporto a otra tierra.-cerré los ojos por un momento y rememoré esa canción que con su nombre en mi mente escuché la noche anterior.
-          No es tan sencillo como eso.
-          ¿Entonces?
-          Deja de preguntar y entremos.
Hice una mueca de enfado pero finalmente le seguí hasta el interior de esa discoteca con pintas de ser poco visitada.
No me equivocaba. Vacía sería una definición corta para la cantidad de gente que se encontraba.
-          No hay nadie…
-          De eso se trata.-me respondió sonriente.
-          Lo bueno de las discotecas son la gente que hay ahí, si no hay gente…-miré hacia el suelo dejando caer lo siguiente que iba a decir.
-          En eso te equivocas.-contestó muy sereno.
Se dirigió hacia el estrado donde había una pequeña zona de mezclas propia de las que tocan los dj. Cada movimiento que hacía me intrigaba más y más. No le encontraba sentido a cómo un chico tan misterioso como él le podía gustar un sitio tan simple como eran las discotecas.
De pronto empezó a sonar una canción. La discoteca empezó a temblar y yo me encontraba parada en mitad de la pista de baile. Sentía como el suelo se movía solo, la gente empezaba a entrar y todo el mundo gritaba una sola parte de la canción que Nicolás tocaba.

I´M IN LOVE WITH THE DJ.

Entonces me di cuenta de lo que él quería enseñarme. Cuándo dejé a mi antiguo recuerdo en su lugar, la música también fue eliminada de mi vida y él la estaba situando otra vez en mí. Él era el dj de mi vida y solo él me podría hacer subir hasta el cielo con apenas oír su voz. Solo le necesitaba a él, a nadie más.

Salté bien fuerte y me dejé llevar por esa música. Mis pies, mi cabeza, mi corazón, mis sueños ya no estaban en este mundo. Abrí los ojos pero seguía sin sentirme aquí. Me había transportado a otro lugar.
Y mágicamente, aparecieron todos aquellos lugares que fueron testigos de todos los primeros momentos que vivimos. Empezando por aquel lugar en el que me preguntó mi nombre y finalizando por ese parque tan especial. Mi razón se fugó con ellos. Ya no era yo, era otra persona completamente distinta.

-          Bailas muy bien.-me susurró.
-          ¿No estabas tocando tú?
-          Y eso hago.-señaló con la cabeza hacia la zona dónde se encontraba. Sin motivo alguno también estaba ahí.
Abrí los ojos de par en par y miraba de un lado a otro para saber si me había vuelto loca.
-          No te asustes, no estás loca.-me guiñó el ojo y se puso a bailar junto a mí.
Le miré de arriba abajo. Algo me hacía sentirme insegura pero no podía parar. Cerré los ojos y seguí como hasta hace poco estaba haciendo. Las notas se adueñaban de mi cuerpo cada vez más y yo me dejaba llevar. Estaba llena de amor, drogada de música dance, sobresaturada de ritmo, no era dueña de mí y no me importaba. Solo le quería a él.
Quizás fue la primera vez en la que él se convertía en dueño de mí y claramente, no fue la última.
-          Me tengo que ir.-dijo cortante.
-          ¿Ya?-pregunté aturdida por la música y el dolor que me producía separare de él y de su cuerpo.
-          Sí.
-          ¿Cuándo te volveré a ver?
-          Nunca se sabe.
Se despidió y se marchó sin dejar rastro dejándome sola en aquella discoteca que poco a poco volvía a su estado original conforme él se alejaba de mí.


domingo, 20 de julio de 2014

Capítulo 4


“El amor es como escuchar por primera vez tu canción favorita. Te pegas mucho tiempo vagando por el mundo sin conocerlo, sin saber el secreto que esconde, sin sentir ese sentimiento que posee; pero llega un día en que tus oídos perciben esa melodía, tu razón se nubla por sus notas y a partir de entonces solo quieres vivir el resto de tu vida escuchando esa canción.”


<<Standing in the hall of fame
And the world's gonna know your name
Cause you burn with the brightest flame
And the world's gonna know your name
And you'll be on the walls of the hall of fame>>

Mi canción favorita durante más de un año.
En tiempos no podía escucharla pero en aquella época volvió a resurgir como esas hojas que nacen en los árboles después del frío invierno.
Me encontraba en el mismo parque que él me llevó. De alguna forma me hacía sentirme cerca de él. Igual sí que me había dado algo con el que sentirme unida a él, con lo que poder comunicarme.
Pasé muchos días en ese parque. Era como si me encontrara en una especie de templo; mi templo, mi hogar.
Suena patético, lo sé, lo sabía, pero era la  única manera que tenía de estar cerca de él.
La canción de Hall of fame me acompañó muchos días. La música siempre fue mi fiel amiga, mi compañera de penas, de lamentos, de dolor e incluso de mis alegrías. Era la única capaz de hacerme subir y bajar en un momento.
Siempre he sido muy dependiente de la música y no sólo yo lo sabía.

-          Me alegra que ya puedas oír esa canción perfectamente.-me giré bruscamente y le vi, a mi lado, sonriéndome como hacía constantemente en mis sueños.
-          ¿A qué te refieres?
-          A que me alegra que por fin le hayas olvidado.
-          ¿Cómo sabes qué…?-abrí los ojos como platos y me asusté.

¿Cómo podía ser que alguien que no conocía de casi nada supiera tanto o más de mí que yo misma?

-          Te lo dije, tengo mis secretos.
-          Pues empiezo a cansarme un poquito de tus secretos.-le hice una mueca.
-          No te enfades tonta.-me acarició suavemente a la vez que yo posaba mi cabeza en sus hombros.
Me sentía segura, protegida. Era una sensación que no experimenté nunca antes y que no volví a sentir con otra persona. Era el todo reunido en una sola persona y eso me preocupaba aún más.

¿Por qué tengo que sentir todo esto por alguien que ni siquiera conozco?

-          ¿Cuál es tu canción favorita?-pregunté con mucha curiosidad. Había algo aquí dentro que necesitaba saberlo.
-          Tengo muchas.
-          Pero seguro que hay alguna que te gusta más que las demás.
-          Todas me gustan mucho.
-          O puede que alguna te haya marcado más que las otras.
-          Todas las oí por la misma circunstancia.
-          Pero habrá alguna con la que te sentirás más identificado, con la que has compartido tanto alegrías como lágrimas, con la que te quedes para el resto de tu vida.
Me miró fijamente como solía hacer antes de decir alguno de sus razonamientos filosóficos.
-          A lo largo de una relación entre dos personas, hay una canción que las marca en toda su historia en común. Ésa con el tiempo se acaba convirtiendo en su canción, en su pequeño tesoro, en su secreto íntimo y en ella depositan sus recuerdos, sus alegrías, sus sueños y sus deseos. Se podría decir que esa sería su canción favorita. Pero cuándo por circunstancias de la vida, esa pareja se separa, ninguno de los dos puede volver a escuchar esa canción. Los recuerdos, las alegrías, los sueños, los deseos se rompen en mil pedazos; al igual que sus corazones.
-          ¿Qué quieres decir con esto?
-          Claro que todo el mundo tiene una canción favorita, un pequeño tesoro, un recuerdo enterrado entre notas que nos llevan al cielo, pero a veces es mejor no despertar a esa melodía que en sus tiempos tanta felicidad te dio y ahora mismo se ve rota y pisoteada por miles y miles de lágrimas. A veces el amor es el culpable de que odiemos una canción.
Le miré como nunca había mirado a nadie. Algo en sus palabras hizo que mis lágrimas volvieran a resurgir. Su recuerdo perturbó mi mente una vez más.
-          Lo siento.-susurró.
-          Yo… no quiero que pase lo mismo, no quiero volver a odiar esa canción ni ninguna que marque el inicio de nuestra historia.-le abracé tan fuerte que sentía como nuestros corazones podían latir al mismo tiempo. Eran como los latidos de un mismo ser; una persona separada en dos seres.
-          ¿Recuerdas el otro día cuándo te hablé sobre las casualidades y el destino?-me acarició suavemente intentando calmarme.
-          Sí.
-          Te decía que todo ocurre por algo.
-          Cierto.
-          Con eso, aparte de decirte que lo nuestro no fue casualidad, también te quería decir que si pasó lo que pasó con ese chico quizás fue porque no estabais destinados a estar juntos. Tú te merecías a otro.
Nos miramos al unísono. Nuestros labios estaban más cerca que nunca y sin embargo parecía haber un abismo entre ellos.
-          Tal vez tengas razón.-pronuncié.
-          No te preocupes, con el tiempo verás que siempre la tuve.-se levantó bruscamente.-me tengo que ir.
-          ¿Otra vez? Y supongo que tampoco me darás tu número.
-          Siempre lo tuviste.
-          ¿Cómo?-me levanté rápidamente.
-          Mira en tú móvil y busca mi nombre.
Hice lo que me pidió y allí estaba
                     
                                                  Nicolás….673492347

-          ¿Me lo has puesto tú?
-          Siempre lo tuviste.
Y con esa frase se marchó rápidamente dejándome con un mar de dudas en el interior de mi cabeza.


miércoles, 16 de julio de 2014

Capítulo 3


“Hay algo misterioso que nos conduce a realizar cada acto que cometemos. Llámalo destino, llámalo amor, pero nunca lo llames casualidad. Las casualidades no existen. Siempre hay una razón por la que cada cosa tiene que ocurrir y eso es lo único misterioso; el porqué de esa razón.”

<< Me gusta más el color marrón castaño pero a él todos los colores le quedan genial. Los ojos… ese color verde que tanto me obsesiona y sus labios… esos con los que sueño cada noche… debería ponérselos más carnosos pero…>>

-          ¡Gabriela!
Volví a la realidad. Ese grito desesperado por parte de mi profesor de literatura me indicó que volvía a estar fuera de mi mundo.
Fueron varios los días en los que me pasaba pintando su rostro en lugar de escuchar las explicaciones de mis queridos profesores.
Volvía a añorarle. Me costó mucho reconocerlo pero en el fondo necesitaba contárselo a mis amigas.

-          Chicas, creo que me estoy enamorando.-bajé la cabeza avergonzada. Notaba como clavaban la vista en mí y me dolía pronunciar esas palabras.
-          ¿No será otra vez del mismo verdad?-preguntó una de mi grupo.
-          No, claro que no. Éste es muchísimo mejor.-le sonreí como una tonta enamorada. Cuándo me quise dar cuenta mi mente volvió a escaparse del mundo real para irse con su recuerdo.
-          Ten cuidado tía, no queremos que vuelvas a sufrir.-esa frase me hizo aterrizar de nuevo.
En el fondo solo se preocupaban por mí, cosa que yo valoraba muchísimo. Me daba miedo que me volviera a pasar lo mismo, aunque supongo que a todas les ocurriría. Esa era mi esperanza; el sentir que no estaba sola con ese sentimiento, con ese miedo, con esa desesperación.
-          Y dinos; ¿quién es?-preguntó curiosa otra amiga.
-          Se llama Nicolás y tiene diecisiete años. Lo conocí por casualidad cuando fuimos hace unas semanas a tomar algo al centro ¿os acordáis?
-          Espera.-me paró en seco una amiga.- ¿has dicho casualidad?
-          Sí.-afirmé sorprendida por la interrupción.- ¿ocurre algo?
-          Un chico me ha dicho que entregara esto a la primera persona que oyera que dice casualidad.-me ofreció su mano en la cual se percibía una nota, como la que me encontré hace un tiempo en mi casa.
-          ¿Qué chico?-le miré con los ojos como platos.
-          Pues uno que estaba hace unos minutos en la entrada del instituto. Pensaba que me estaba tomando el pelo pero luego leí la nota por si acaso y parecía que iba en serio.-me la dio al mismo tiempo que se preparaba para hacer un comentario jocoso.-No sabía que te molaran los videntes.
Todas rieron al unísono y he de confesar que yo también. Tenía algo de razón en esa afirmación. Era como si leyera el futuro y eso me hacía sospechar aún más en si era real o no.
Me despedí de todas y me dirigí hacia un lugar más apartado para leer tranquilamente el mensaje que me había enviado.


<<              Permíteme ser esa casualidad que marque tu vida para siempre.
Sal fuera del instituto en cuanto leas esto.
                                                                                            -Nicolás.-                 >>


Recogí la nota entre mis libros y me acerqué hacia dónde él me había pedido. En un abrir y cerrar de ojos pude percibir su aroma. Era como si llevase toda la vida buscándolo y ya lo hubiese encontrado.
Se acercó hasta a mí y me guiñó el ojo.
-          Tan puntual como siempre.-me sonrío con desdén.
-          ¿Cómo sabías que este era mi instituto?
-          Tengo mis secretos.
-          ¿Y cómo sabías que diría la palabra “casualidad”?
-          Porque conocernos fue una casualidad ¿no?-me miró fijamente esperando algún tipo de respuesta contradictoria.-me has desilusionado.
-          ¿Por qué?-le miré preocupada.
-          Tú siempre me contradices. Creía que dirías que no.-giró la vista y miró hacía el horizonte.
-          Pero si es la verdad.
-          Te equivocas, las casualidades no existen.
-          ¡Claro que existen!-exclamé- la vida está llena de ellas.
-          A eso que tú llamas casualidad yo lo llamo destino.
-          ¿Y cuál es la diferencia?
-          Que de alguna forma u otra todos estamos encaminados a realizar algún tipo de acción y solo el destino es capaz de explicárnoslo.
-          ¿Y cuál es la razón por la que nosotros nos conocimos?
-          Eso tendrás que descubrirlo tú sola.-me miró fijamente y se marchó.
-          ¡Espera!-grité con todas mis fuerzas y fui en su búsqueda.- ¿Te vuelves a ir otra vez sin darme tú numero?
-          ¿Acaso me lo darías?-la misma pregunta de las otras veces.
-          No sé.-medio mentí.
-          Vamos mejorando pero sigues mintiendo.-me sonrío con esa sonrisa que tan loca me volvía.-me sigue gustando todavía.

Volvió a marcharse sin darme su número. Sin embargo algo en mi interior me decía que tendría noticias suyas muy pronto, y no me equivocaba.

lunes, 14 de julio de 2014

Capítulo 2

“Y el amor tal vez es una condena. Una dulce tentación en la que nos encanta caer. Un canto de sirena que necesitamos escuchar. Un infierno en el que tarde o temprano caemos. Sin embargo puede que el amor también sea un paraíso. Una extrema felicidad debida a una sola persona de tu mundo. Un canto angelical que añoramos oír. Un cielo que tarde o temprano alcanzaremos.”

Pasé muchos días recordando a aquel desconocido. No sabía nada de él y sin embargo fue con la persona que más química, como él lo llamaba, tenía.
Tenía miedo. Demasiado.
Me negaba a aceptar que ese chico pudiera hacer que mis sentimientos más ocultos volvieran a resurgir.
¿Otra vez? ¿Otra vez me he vuelto a enamorar? No. Imposible.

Recuerdo cómo su imagen se paseaba por mi cabeza cada segundo de mi eterna añoranza. Le echaba de menos y ni siquiera sabía su número o algún dato que me permitiera sentirme cerca de él.
Quizás todo fueron imaginaciones mías y nunca llegó a existir ese chico tan misterioso y que tanto me atraía.
Finalmente, alguien de ahí arriba debió escucharme y me concedió lo que tanto supliqué:

<<       Ambos sabemos que el amor es esa condena en la que los dos estamos a punto de caer. Permíteme ser esa víctima que junto a ti caiga.
Reúnete conmigo en el mismo sitio que la otra vez.
                                                                                                     -Nicolás.-                >>


-          ¿Vas a ir?
-          No lo sé.
-          Pero tía, puede ser un pirado. Los chicos de hoy en día no hacen esas cosas para conquistar a una chica.
-          Él es diferente. Se le notaba al mirarle.
-          Tan diferente que tiene pinta de estar mal de la cabeza. Si fuera tú no iría y me fijaría en algún otro que estuviera en sus cabales.


La conversación que tuve con Celia no me ayudó mucho. Me dio muchas más dudas, pero algo en mi interior me pedía ir a su encuentro.
Corrí como una posesa hacia su búsqueda. Cuando llegué, nuestros ojos se encontraron, lo que provocó que me parara en seco. Tenía algún tipo de poder sobre mis signos vitales y eso me provocaba mucho más pavor.

-          Pensé que no llegarías.-se acercó hasta a mí y me dio dos besos.
-          No sabía si debía ir o no.-torcí el morro y fijé la vista hacia el suelo.
-          ¿Por qué?
-          Porque no te conozco de nada y ni siquiera sé cómo has podido dejarme esa nota.
-          Tengo mis secretos.
-          Pues ya me los puedes ir diciendo o finalmente tendré que llamar a la policía.
-          ¿Acaso es delito dejarte una nota?
-          Lo es si no te he dado mi dirección y no has tenido forma de averiguarla por ti mismo.
-          Ambos sabemos que no te importó lo más mínimo que esa nota apareciera misteriosamente en tu casa.
-          ¿Tienes que saberlo todo siempre?
-          ¿Tienes que criticar todo siempre?
Agaché la cabeza avergonzada por el numerito que acababa de montar. Tenía razón; no me preocupó cómo pudo llegar esa nota hasta mí. Lo que me preocupaba era si podría conseguir su número de teléfono esta vez.
-          ¿Quieres venir conmigo a un lugar especial?-me ofreció la mano y yo la acepté.
-          ¿A qué tipo de lugar?
-          A uno que te encantará.
Me agarró fuertemente y me llevó hasta un pequeño parque situado detrás de un centro comercial.
Nunca había estado ahí y seguramente poca gente lo conocería pues no había nadie a pesar de sus enormes dimensiones.
-          Es precioso.
-          La gente está tan obcecada en esos edificios grandes dónde solo se vende textiles y muchas otras cosas que en realidad no necesitamos, que es incapaz de fijarse en las pequeñas bellezas que poseemos.
-          Puede ser, no hay nadie.
-          Por eso me gusta; los pequeños detalles que están al alcance de la vista son los que más desapercibidos pasan.
-          Nunca había oído hablar a nadie de mi edad así.
-          Tal vez sea porque yo tengo diecisiete y tú dieciséis.
-          Aun así.-le miré conmocionada por el pequeño discurso que había pronunciado antes.- Eres demasiado especial, es como si no fueras del todo real.
-          ¿Puedes verme no? Pues entonces soy real.-me sonrío. Sin embargo yo no estaba del todo convencida.
-          Me tengo que ir ya.-me miró serenamente.
-          ¿Otra vez?-abrí los ojos de par en par.
-          Sí.
-          ¿Y no me vas a permitir tener algo con qué localizarte?-una vez más parecía una tonta desesperada. No me gustaba esta situación.
-          ¿Acaso me darías tú algo con qué poder localizarte?
La misma pregunta de la otra vez. Quizás debería haberle dicho la verdad esta vez.
-          No.-volví a agachar la cabeza como la otra vez. En ese momento odié a mi orgullo para siempre.
-          Vuelves a mentir, pero me sigue gustando.
Giró la cabeza y se marchó dejando su aroma prendido en el aire. Yo me quedé sola en aquel pequeño parque que fue testigo de cómo mis temidas dudas volvían a resurgir.
En ese momento yo no era consciente de ello, pero ese parque se estaba convirtiendo en un lugar muy importante de nuestras vidas; nuestro pequeño tesoro.


domingo, 13 de julio de 2014

Capítulo 1

-          ¿Cómo te llamas?
-          Gabriela, ¿y tú?
-          Nicolás.
-          Me gusta ese nombre.
-          Me lo pusieron por mi abuelo. Él también se llamaba así.
-          ¿Se llamaba?
-          Sí. Murió hace unos meses.
-          Lo siento.
-          Todavía me duele que no esté aquí.
-          A mí también me dolería que mi abuela se fuera.
-          Los abuelos deberían ser eternos.
-          Sí.
Los dos agachamos la cabeza. Es curioso que habiéndonos conocido hace tan solo unos minutos ya hubiésemos tenido una conversación un poco profunda. Me inspiró confianza, más de la que nunca me había inspirado nadie en tan poco tiempo de conocernos.
Joven, de unos diecisiete años, pelo castaño, ojos verdes y con unos labios que llevan al borde de la locura. Ése era el que hace tan solo unos minutos se acababa de fijar en mí.
-          ¿Quieres tomar algo?
-          ¿No es demasiado pronto todavía?
-          Son solo las siete de la tarde.
-          Me refiero a que nos acabamos de conocer. Además mis amigas me están esperando.
-          Diles que se vengan también.-me sonrío pícaro. Algo en su mirada me provocó un fuego tan interno que era imposible decirle que no.
-          Si les digo que se vengan, vendrán y entonces ya no podremos hablar.-me reí. Me gustaba resistirme.
-          Pues entonces no les digas nada.
-          ¿Y si llaman a la policía porque estoy hablando con extraños?-Me miró por un momento y acabó soltando una buena risotada. – Lo digo en serio. Eres mayor que yo.
-          ¿Y eso que tiene que ver?
-          Que puedes hacerme cosas malas.
-          ¿Me lo dices de verdad?
-          No.-reí tan fuerte que se asustó.
-          Casi me lo creo.-me dio un cachete de broma.
-          De eso se trataba.-le saqué la lengua.
-          ¿Te vienes pues?
-          Vale, pero no me hagas cosas malas que tengo el móvil de la policía marcado.-me reí y él me persiguió corriendo calle abajo.
Al final me alcanzó y me agarró por la cintura para detenerme. Una pequeña sensación de felicidad recorrió todo mi cuerpo. ¿Me estaba enamorando? No puede ser, tan solo le conocía de hace diez minutos. Aunque he de reconocer que esos ojos eran capaces de volverme loca.
Me giró y algo en el tiempo se detuvo. Sentía su respiración sobre mis colorados mofletes y sus brillantes ojos deslumbrando mis corrientes ojos castaños. Mi instinto me gritaba que le besara pero había algo en mí que me lo impedía.
-          No deberías tener tantas confianzas con una desconocida.
-          Ya no eres tan desconocida.
-          Hace diez minutos lo era.
-          ¿Nunca has oído de hablar de la química?
-          Sí, es esa asignatura que junto con la física puede ser la peor pesadilla de cualquier alumno de letras.-me reí.
-          Muy graciosa eres tú.-me guiñó el ojo.- Me refiero a la que se establece entre dos personas.
-          No creo en ese tipo de cosas.
-          ¿Por qué?
-          Porque a veces esa química, como tú la llamas, es tan fuerte que acaba destruyendo a las parejas.
-          Eres la primera persona a la que oigo decir eso.
-          Quizás porque sea la primera persona que te diga la verdad.
-          O tal vez porque te niegas a aceptar que tenemos química.-puso una de esas sonrisas que haría temblar hasta a la profesora más dura de todo el instituto.
-          Nunca aceptaré algo que no existe.
-          Entonces te demostraré que en verdad sí es real.
-          ¿Cómo?
Al acabar esa frase me agarró nuevamente por la cintura y me atrajo hasta su cuerpo. Acercó sus labios hasta mi oído y me susurró algo luminoso para mi corazón:
-          Porque ambos sabemos que querrías que nuestros labios se juntaran en este mismo momento.
Me soltó y volvió a su posición original. Yo intenté evitar que mis pómulos se enrojecieran pero creo que ya era tarde.
-          No deberías creerte tan superior.
-          Y tú no deberías fingir que no se te han enrojecido los mofletes.
Me quedé inmóvil. <<Mierda>>.
-          No se me han puesto rojos.-miré al suelo avergonzada.
-          Lo que tú digas.-se río.-me voy.
-          ¿No me ibas a invitar para conocernos mejor?-pregunté sorprendida.
-          Ya sé todo lo que quería saber.
-          ¿No vas a pedirme mi número o algo?-hice un amago por detenerlo pero me di cuenta que estaba pareciendo un poco desesperada.
-          ¿Acaso me lo darías?-me miró cautivadoramente.
Dudé en si decirle la verdad. Finalmente opté por mentirle.
-          No.-retiré la vista para evitar esa mirada tan tentadora.
-          Mientes, pero me gusta.-se giró y se despidió con un gesto de su mano.
Mi vista le siguió mientras bajaba calle abajo. Sentía como mi corazón se iba junto a él.

Y al mismo tiempo que recordaba esa pequeña conversación sobre la química, yo no podía dejar de sonreír por aquellas sensaciones ya dormidas en mí que jamás creía que nadie pudiera despertar.